¿Cuantas veces no hemos sentido un gran temor de perder aquello que amamos y sabemos que nos dejara un gran vacio si algún día nos hiciera falta...? ¿cuantas veces hemos querido que ese temor no nos acompañe a cada momento, cuando pensamos que esa persona o aquello que con tanto esfuerzo adquirimos, puede dejar de existir en algún momento...?
Cuando amamos verdaderamente, sentimos un gran temor de perder . . . un temor absoluto que nos hace débiles e impotentes y por más que aceptamos dentro de nuestro corazón, el hecho de que, el hecho de que en algún momento esa pérdida es una gran posibilidad . . . No queremos admitirlo consientemente, pues nos hace mucho daño. Pero esa es precisamente unas de las sensaciones más importantes que ocurre en nuestro sistema, pues nos hace darnos cuenta de cuánto queremos aquello, y que debemos luchar por conservarlo contra viento y marea.
Tememos perder a nuestros seres queridos, tememos perder nuestras fuentes de ingreso, nuestros amigos, y aunque quizá en un menor grado porque se trata de algo material, también tememos perder nuestras pertenencias, y no es precisamente por el hecho de que lo tenemos y nos costó tenerlo sino lo que implica en prescindir de ello, aunque sepamos que podemos volver a conseguirlo.
comenzamos a valorar lo que tenemos, especialmente las cosas verdaderamente valiosas, como lo son los sentimientos, las personas, la vida . . . Cuando valoramos, comenzamos a querer y logramos lo deseado, comenzamos a temer . . . Temor a perder lo que una vez no estuvo, pero ahora está, y talvéz no tengamos siempre . . . y aunque exista ese temor es grandioso saber que algún día lo tuvimos, lo disfutamos, y lo tendremos mientras sea la voluntad del Padre.
Comencemos a valorar a las personas que nos rodean; son ellas nuestro mayor tesoro . . . y aunque algún día nos falten, y siempre vivamos con el temor de perderles, nuestra mayor satisfacción será haberles amado con todo nuestro corazón, cun nuestra alma, con todo nuestro ser . . .